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El escritor en su paraíso

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El escritor en su paraíso

de Ángel Esteban

Autor:Fernando AINSA | 4 julio, 2014

 

 

“El escritor y su paraíso. Treinta grandes autores que fueron bibliotecarios”.
Autor: Ángel Esteban.
Prólogo: Mario Vargas Llosa.
Editorial: Periférica.

 

La lectura de El escritor en su paraíso de Ángel Esteban me ha deparado uno de los momentos más agradables de estos últimos tiempos: he leído con entusiasmo esta obra original, tanto por su temática —las relaciones de grandes escritores con las bibliotecas— como por el modo como está escrita: estilo ágil, mechado de anécdotas, fruto de una rigurosa investigación, bien documentada para encontrar en autores famosos ese episodio de sus vidas que los vincula a bibliotecas, aspecto muchas veces desconocido para el común de los lectores, como era para mí el caso de Rubén Darío, Lewis Carroll, Marcel Proust o Georges Perec. La he leído de un tirón, sumergido en épocas diversas, viajando de un país y de un continente a otro, descubriendo cómo detrás de los grandes nombres de la literatura se escondía un período de sus vida en que habían sido bibliotecarios: sea como simples burócratas, funcionarios sometidos a horarios arbitrarios o entusiastas gestores fundacionales de lo que hoy son grandes instituciones.

Tal es el caso de Benito Arias Montano, humanista del Renacimiento de origen extremeño, colaborador estrecho de Felipe II y fundador de la Biblioteca de El Escorial que pretendió rivalizar con la Biblioteca del Vaticano, para la que contó con el apoyo y los recursos del monarca y que hoy tiene más de 40 mil volúmenes antiguos, aunque no haya podido superar a la del Vaticano. Arias Montano recorrió Europa, especialmente los Países Bajos, comprando libros, manuscritos y las mejores obras del punto de vista literario, científico, filosófico y teológico para un Felipe II que consideraba que una de las mayores riquezas de la humanidad estribaba en “el conocimiento que nos llega a través de los libros”. El humanista extremeño terminó dirigiendo la Biblioteca de El Escorial por diez años y escribiendo una colección de semblanzas de humanistas famosos.

También es el caso de Gloria Fuertes, poeta que reivindicó el papel de la mujer en la sociedad franquista y desarrolló las bibliotecas como punto de encuentro e intercambio. Solía decir “Dios me hizo poeta y yo me hice bibliotecaria” y afirmaba con ironía que “siempre es mejor tener un libro que un jefe” y que “Mi jefe es un libro, ¡yo era libre!”. Gloria Fuertes fue luego bibliotecaria en varias universidades norteamericanas y a su regreso a España se dedicó a difundir por toda la península la lectura entre los niños. Hoy, muchos colegios, llevan su nombre.

Otro gran ejemplo, es el escritor y ensayista mexicano José Vasconcelos, autor del famoso alegato La raza cósmica, donde ensalza el mestizaje y América como crisol de razas y culturas, que concibió y fundó la Biblioteca de México que hoy lleva su nombre. Consideraba la biblioteca como el “albergue seguro y sereno para estos seres de espíritu que son los libros, almas silenciosas que en cada lector resucitan con variedad nunca agotada”. Desde pequeño —confesó en sus memorias— entraba en las bibliotecas “con emoción parecida a la que me producían las iglesias. El relente de los viejos infolios sugería incienso, y la manera de ensanchar el alma de los libros se parecía al despliegue de la oración”. Para el gran reformador de  la educación en México: “Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía”. Para concluir: “Mis tesoros liberan”, como la oración libera el espíritu.

El capítulo que Ángel Esteban consagra a Marcelino Menéndez Pelayo es, tal vez, el que mejor demuestra como el destino de un escritor puede estar uncido al de su propia biblioteca, vocación que lo acompaña desde su niñez hasta su muerte, cuando sus anaqueles guardan más de cuarenta mil volúmenes. Un destino acompañado del reconocimiento que en vida le tributa su ciudad natal, Santander, y los honores que la Academia de la Lengua le otorga desde la temprana edad de 25 años y la Biblioteca Nacional al nombrarlo su Director. Tal era su capacidad de lectura que llegó a decirse que era capaz de leer dos páginas simultáneamente, una con cada ojo.

Parte del entusiasmo que concita la obra de Ángel Esteban radica en que su presentación de los diferentes ejemplos que ha rastreado en la historia de la literatura universal, no es cronológica. Empieza con Reinaldo Arenas y concluye con Mario Vargas Llosa, pasando por Moratín y los avatares políticos de su vida, Goethe en Weimar, los hermanos Grimm, el destino de Solzhenitsyn en las bibliotecas del Goulag siberiano, Juan Eugenio Hartzenbusch, el autor de Los amantes de Teruel,Robert Musil y el exitoso escritor debet-sellers, Stephen KingEste salto de épocas, hace la lectura más ágil y amena, lejos de un compendio histórico de vocación académica, y permite verdaderos descubrimientos como el de Robert Burton, autor de Anatomía de la melancolía, una obra famosa que escribió sin salir de la Biblioteca del Christ Church College, de la Universidad de Oxford, en cuyas dependencias vivía con su familia.

En ese tratado, escrito gracias a la magia combinatoria que permiten las 23 letras del alfabeto, propone como remedio para conjurar la melancolía, romper con la monotonía de la esclavitud bibliotecaria. Para ello imagina ser un halcón que vuela en libertad por el mundo: la Patagonia, el Nilo, Jerusalén, las cuevas de Cantabria. Conocía esos lugares a través de los libros, aunque no hubiera estado en ninguno de ellos. Curioso escritor de exclusivas fuentes literarias y librescas, predijo el día de su muerte con exactitud. La coincidencia entre el presagio y la realidad, ha hecho pensar en la hipótesis del suicidio.

Borges es, tal vez, el ejemplo más representativo del “escritor en su paraíso”, algunos de cuyos relatos como La biblioteca de Babelson ejemplos paradigmáticos de esa identificación del escritor con el “laberinto infinito de las bibliotecas” que abarcan el universo entero. Decía Borges y Ángel Esteban lo recuerda que “Uno no es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”, lecturas que el genial escritor inauguró leyendo a los ocho años El Quijote en inglés y traduciendo The Happy Prince de Oscar Wilde a los nueve. Borges que llega a dirigir la Biblioteca Nacional en Buenos Aires, debió pasar por el calvario de empleos burocráticos y subalternos en la biblioteca municipal de Almagro, rodeado de funcionarios tan mediocres como ignorantes a los que convierte en personajes de sus relatos, como el Carlos Argentino Daneri de El Aleph que: “Ejerce no se que cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del sur: es autoritario, pero también es ineficaz”.Cuando Borges se queda ciego se consuela leyendo “en la biblioteca de los sueños” y cuando es destituido por el régimen de Juan Domingo Perón regresa melancólicamente cada mañana al edificio donde había trabajado, da una vuelta alrededor, para volver a su casa, cabizbajo y entristecido.

Otro ejemplo de un escritor alejado de su trabajo en una biblioteca por una decisión dictatorial es el de Reinaldo Arenas. De origen humilde, criado entre mujeres analfabetas en Holguín, cuando accede a un puesto en la Biblioteca Nacional (La Habana), descubre la literatura universal y devora las obras de Proust y Joyce, y siente —como confiesa en sus memorias— que “Mientras caminaba por entre todos aquellos estantes, yo veía como destellaba desde cada libro la promesa de un misterio único”. Su felicidad dura poco. Lisandro Otero (“Buen policía y enemigo de la cultura”, como lo etiqueta), le hará la vida imposible y Reinaldo encontrará en su amistad con Virgilio Piñera, un magro consuelo. Vendrá después el exilio en Estados Unidos y el trágico fin que lo espera: el SIDA que lo conduce a la muerte. Sus manuscritos y papeles están conservados en la Biblioteca de la Universidad de Princeton, donde se guardan también originales de Carpentier, Cabrera Infante, Cortázar y García Márquez.

Las páginas más originales de El escritor en su paraíso, están consagradas a los autores que trabajaron en bibliotecas sin poner ningún interés en la labor, considerado simple “gana pan” y calificando esa ocupación de “insoportable, mortal”, al decir de Robert Musil o pidiendo continuas bajas por enfermedad como hace Marcel Proust al que sus colegas ven como un dandy ocioso y desubicado.

Hay en El escritor y su paraíso, anécdotas pintorescas como la de Ricardo Palma, el autor de Tradiciones peruanas, que en su labor como director de la Biblioteca Nacional de Lima, lee y anota los libros con comentarios en los márgenes: “¡Qué burro!”, “Este mea fuera del tiesto” o, incluso, “Es un cojudo”. Su sucesor, Manuel González Prada, le hace un verdadero proceso por esas “enmendaduras, tajaduras y borroneaduras”, preguntándose que sería de las bibliotecas si sus directores se “arrogaran el derecho de multiplicar anotaciones caprichosas”.

El caso de Georges Perec, el autor de la Vie: mode d’emploi,es también curioso. En su trabajo como bibliotecario en el CNRS entre 1962 y 1978, ideó un sistema de clasificación de documentos, artículos de revistas y libros, al que bautizó Flambo, que sigue vigente hasta hoy en día. La obsesión clasificatoria de Perec se trasladó a cómo ordenar los libros en una casa, incluyendo cocina y cuarto de baño, repisas de chimeneas y radiadores y lo plasmó en un libro original, Pensar, clasificar, donde preconiza el “desorden empático” en desmedro del principio “cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa”.

El ejemplo del autor de Alicia en el país de las maravillas,no deja de ser tristemente patético. Lewis Carroll, bibliotecario del Christ Church College de Oxford y protegido de la familia Lidell, ve interrumpido su destino abruptamente cuando el diácono, aficionado a la fotografía, solicita la mano de Alicia, la más pequeña a la que ha retratado en numerosas oportunidades. Ella solo tiene once años y él treinta y uno. Lógicamente pierde su empleo.

Georges Bataille, el famoso ensayista autor de La literatura y el maly de la Historia del ojo del culo, fue también bibliotecario. Ángel Esteban rastrea su paso como medievalista en la Biblioteca Nacional de París, como director de la Biblioteca de Carpentras y de la Municipal de Orleans, mientras el escritor se vinculaba al movimiento surrealista y rivalizaba con André Breton por su liderazgo.

Finalmente, el ejemplo de Giacomo Casanova, es el de un bibliotecario que inicia su trabajo a los 72 años, cuando su salud es precaria, se siente achacoso y encuentra ese trabajo en la biblioteca del Dux en Bohemia al servicio del conde de Waldstein, donde se exilia perseguido por “los lobos del Santo Oficio”. Ofreciendo un “aspecto de lujosa decrepitud” le cuenta al Conde los episodios de lo que luego serían sus memorias, donde retraza los rocambolescos episodios de sus aventuras amatorias y políticas en las cortes europeas; Memoriasmutiladas y censuradas en su primera edición y solo recientemente publicadas integralmente gracias al feliz hallazgo del manuscrito original al término de la Segunda guerra mundial. Optimista, pese a sus achaques, Casanova afirma en susMemorias, “La desesperación mata” y, muy probablemente, tuvo razón.

Libro recomendable para los buenos lectores, esta obra de Ángel Esteban se suma a la de un infatigable crítico, investigador, antólogo y profesor bien querido por sus alumnos, tanto en Granada como en las numerosas universidades norteamericanas y europeas donde enseña. Zaragozano por más señas, cuento con su amistad desde hace más de veinte años y le agradezco el placer que me ha procurado con El escritor en su paraíso,placer que invito a compartir con todos ustedes.

 

 

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