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Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez

A principios de 2005 estaba ingresado en el hospital Miguel Servet. Me acababan de operar de una colostomía y debían someterme a una nueva tanda de quimioterapia. Recibí en esos días una llamada de Fernando Valls, a la sazón director de  Quimera, para que le hiciera, como colaborador habitual de la revista, una reseña de Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez, recién publicada. No le dije que estaba hospitalizado y me comprometí a mandarle la colaboración. No fue fácil en las circunstancias en que me encontraba y tardé dos meses largos en hacerlo y fue finalmente publicada. Adjunto la reseña que tiene ese extraño mérito: estar escrita en un hospital entre sesiones de quimioterapia

Una hábil reescritura de sí mismo

memoria-de-mis-putas-tristesMemoria de mis putas tristes

Gabriel García Márquez, Mondadori, Barcelona, 2004, 109 pp.

Han tenido que pasar dos meses largos para que la nouvelle Memoria de mis putas tristes pueda leerse como lo que es realmente: la hábil reescritura de motivos y tópicos sobre los que Gabriel García Márquez ha edificado buena parte de su obra.

Temas como el del loco amor, el sexo como frenético ejercicio vital, la virginidad como trofeo y la vejez como resignada aceptación de una sabiduría triste, consagrados en sus memorias, relatos y novelas anteriores, emergen ahora a través de intertextualidades y glosas de sí mismo hilvanadas con arte y estilo. El lector avezado reconoce con un guiño de complicidad variantes de situaciones y los irónicos reenvíos a personajes emblemáticos de su mejor narrativa. En el rastreo de esta reescritura se pierden los elogios ditirámbicos, cuando no hagiográficos, con que amigos y críticos saludaron el pasado mes de octubre el mediático lanzamiento a un millón de ejemplares de esta Memoria. Si Alvaro Mutis la calificó como “obra maestra”, “texto magistral” y “extraordinario”, no le fueron a la zaga comentaristas de radio, prensa y televisión que tuvieron el privilegio de la advance copy proveída por la editora Random House Mondadori. De “historia alucinante”, “personajes tan insólitos como inolvidables”, “toneladas de un humor universal”, “prodigiosa ironía” y “vertiginosa belleza poética” fue calificada sin otros matices.

Toda una operación comercial de promoción y lanzamiento que ha dado sus frutos: Memoria de mis putas tristes sigue caracoleando en los primeros puestos de ventas y ha sido muy probablemente un excelente libro para regalar estas Navidades y Reyes. Pareciera como si el “realismo mágico” de Macondo —universalizado a partir del éxito de Cien años de soledad (1967)— se hubiera transformado en la varita del mago Harry Potter, capaz de conjurar al unísono editores del mundo entero, agentes literarios y traductores en una operación de marketing de inéditas proporciones. Sin embargo, Memoria de mis putas tristes no es simplemente un best seller, como puede insinuar su equívoco título. Es, antes que nada, un producto del indiscutible oficio literario de GGM y como tal debe ser leída y comentada.

El argumento es conocido: el protagonista —un periodista que no se resigna a la jubilación y publica todas las semanas una crónica en El diario de La Paz de su ciudad natal—, decide regalarse el día en que cumple noventa años una noche de “amor loco” con una adolescente virgen. En realidad, esa noche no será de amor loco, sino la primera de una serie en que contempla pasivamente a la niña mientras duerme, noches a través de las cuales irá transformando la proyectada pasión inicial por un amor entre platónico y paternal, pero no por ello menos devorador. Contemplación estética a la que reenvía el epígrafe inicial de la novela La casa de las bellas dormidas de Yasanuri Kawabata, un texto canónico de la narrativa japonesa que García Márquez ha confesado admirar: “la hermosa novela sobre los ancianos que pagan por contemplar bellas muchachas desnudas y dormidas, mientras agonizan de amor en la misma cama” sin poder despertarlas o tocarlas. Pero reenvía también a uno de sus Doce cuentos peregrinos (1992) “El avión de la bella durmiente— donde el protagonista, a lo largo de un vuelo trasatlántico, evoca al clásico japonés junto a una joven que duerme en el asiento contiguo, mientras recita los versos del soneto de Gerardo Diego: “saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados”. Al aterrizar en Nueva York confiesa: “Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud”.

La contemplación amorosa de una adolescente que duerme reaparece en El amor y otros demonios (1994). En la ambigua relación del marqués de Casalduero con su hija Sierva María de Todos los Ángeles, permanecer en vela junto a la cama donde duerme la niña con “teticas en botón” y “vello tierno”, le permite descubrir “el gozo nuevo de que la amaba como nunca había amado en este mundo”. Velar el sueño de una adolescente se repite en La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972), donde Eréndira —cuya virginidad ha sido comprada por un viudo “escuálido y prematuro” cuando apenas tenía catorce años— duerme con “los ojos abiertos” mientras Ulises, la contempla “loco de amor”.

Estar loco de amor —como asume el protagonista nonagenario de Memoria de mis putas tristes— es un estado al que los personajes de García Márquez nos tenían acostumbrados desde que Florentino Ariza se enamoró de Fermina Daza, la bella adolescente de trece años, protagonista de El amor en los tiempos del cólera (1986). En esa epopeya de un “cataclismo de amor” que atraviesa incólume el tiempo, en ese cántico a la frescura de una relación que empieza realmente cuando Fermina ha quedado viuda a los setenta y dos años, Florentino comprueba como el amor es válido “en cualquier tiempo y en cualquier parte”, pero es “tanto más denso” cuando se está más cerca de la muerte. Allí están los gérmenes de la “enfermedad” del protagonista de la Memoria: un viejo que hasta ese momento “ha hecho el amor sin amor”, eligiendo siempre las mujeres por su precio y no por sus encantos (514 contabilizadas hasta sus 50 años), vive el “milagro del primer amor” a los noventa años. “No te vayas a morir sin probar la maravilla de tirar con amor”, le recomienda la celestina Rosa Cabarcas.

En realidad, tras ese auténtico canto del cisne, García Márquez profundiza uno de los temas menos estudiados de su obra: el de la vejez. Si en El otoño del patriarca (1974) estaba unido a una reflexión sobre el deterioro del poder, en Del amor y otros demonios se descubre de golpe, como comprueba el obispo en “sus noches de lluvias tristes desde que la vejez se lo tomó por asalto”. Por el contrario, la vejez es jocundamente vivida en El amor en los tiempos del cólera por la pareja de ancianos o es cortada de raíz, como decide Jeremiah de Saint-Amour al suicidarse con cianuro, como sólo suelen hacer los infortunados en el amor. Poseído de una personal gerontofobia, el fotógrafo ha comprobado que “la vejez es un estado indecente que debe impedirse a tiempo” porque “las enfermedades mortales tienen un olor propio pero ninguno tan específico como el de la vejez”.

El protagonista de Memoria prefiere los festejos de la edad. Como el doctor Juvenal Urbino en El amor en los tiempos del cólera que celebra durante tres días sus ochenta años, el viejo periodista festeja los noventa y espera festejar los cien para morir de “buen amor en la agonía feliz de cualquier día” después de esa fecha. Sin embargo, más allá del festejo está la tristeza: la vejez es asumida como algo ineluctable y su moral es la resignación. Signada por el deterioro —buscar a su alrededor gafas que se llevan puestas, repetir cuentos, irse pareciendo a su padre, verse más disminuido en fotos que en la realidad de un espejo y ante los ojos de los demás, más que frente a sí mismo— la vejez permite, pese a todo, gozar de las delicias de la pesadumbre, encontrar la “santa paz” sexual que acompaña la extinción “lenta y piadosa del apetito venéreo”.

Si vejez y tristeza envuelven de un modo tan tierno como patético Memoria de mis putas tristes, resulta desconcertante en un autor de prosa tan fastuosa como creativa la retahíla de lugares comunes con que se jalonan sus 109 páginas: “el bolero es la vida”; “la fuerza invencible que ha impulsado al mundo no son los amores felices sino los contrariados”; “el sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor”; “el amor le enseña demasiado tarde que uno se arregla, se viste y se perfuma para alguien”; “no hay peor desgracia que morir solo”; “los loquitos mansos se adelantan al porvenir”; “la edad no es la que uno tiene sino la que uno siente” o “no hay medicina que cure lo que no cura la felicidad”. Cuesta aceptar que GGM proponga estos tópicos como sentencias y que lo haga sin ironía. De lo contrario nos parecería estar leyendo fragmentos de una obra de Paolo Coelho.

Más allá de la hábil reescritura de sí mismo y de estos indicios de filosofía trivial, García Márquez aborda en Memoria de mis putas tristes un tema nuevo —la pobreza—y lo hace con entrañable delicadeza. La niña, a la que el protagonista bautiza Delgadina, es pobre. Antes de cruzar la ciudad en una vieja bicicleta para ir al prostíbulo de Rosa Cabarcas, después de haber trabajado en una fábrica pegando botones, tiene que dar de comer y dormir a sus hermanos menores, y acostar a su madre baldada por el reumatismo. Lo hace sin quejarse, aceptando la fatalidad de su destino. Sin embargo, el nonagenario “no puede imaginarse a nadie tan pobre como ella” y siente el oprobio del trueque sórdido de comprar una virginidad, al ver su ropa barata y “envilecida por el uso” doblada sobre una silla con “un esmero de rica”. Un paliativo para esa pobreza será regalarle una bicicleta nueva, aunque pierda a su “criatura” en la multitud de una ciudad donde las ciclistas pasan “pedaleando como venadas, listas para ser atrapadas a la gallina ciega” y solo pueda imaginarla levantando a sus hermanos, vistiéndolos para la escuela, dándoles el desayuno “si lo había” y atravesando la ciudad en bicicleta para “cumplir la condena de pegar botones”.

En estas imágenes se intuye el desenlace que podría haber tenido esta Memoria: lejos de Macondo y lo real maravilloso, pero cercano a esos “morideros de pobres” en que se han transformado tantos suburbios de ciudades latinoamericanas. Sin embargo, García Márquez prefiere forzar la mano e imaginar un happy end de notas inverosímiles. Según Rosa Cabarcas, Delgadina está “lela de amor” por el viejo “sabio triste” y, en una inesperada vuelta de tuerca final, nos propone que vivirán felices: como en las peores novelas rosa de corazón o cómo en los mejores cuentos de hadas. Al sorprendido lector de elegir.

Fernando Aínsa

 

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