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Un viaje solidario al ideal de los demás

Reseña de Caterva de Juan Fillol

Fernando Aínsa

 

Fue Rubén Darío quién acuñó en 1896 el exitoso término de “los raros” para presentar, entre eufórico y admirado, una serie de retratos y semblanzas de autores excéntricos e iconoclastas, al margen de escuelas, convenciones y tradiciones. “Raros” por rebeldes, subversivos, inadaptados o marginales, pero también por no entrar en los moldes conocidos literarios o morales, fueron —según el autor de Azul— Edgar Allan Poe, Paul Verlaine, Lautreamont, pero también un revolucionario como José Martí. A partir de lo que el mismo Darío llamaría “mi especialidad por lo raro” se fue delineando una estética de la modernidad literaria basada en la reivindicación del desajuste y la originalidad del artista “maldito” en el seno de sociedades cada vez más enajenadas. Con esta individualidad ajena a toda tradición se identificaría desde entonces una heterogénea línea de la creación latinoamericana, entre la que figuran nombres tan diversos como los argentinos Macedonio Fernández y Roberto Arlt, el uruguayo Felisberto Hernández, el venezolano Julio Garmendia, el ecuatoriano Pablo Palacio o el chileno Juan Emar.

Juan Filloy (1894–2000), un narrador argentino tan prolífico (más de cincuenta títulos, erráticamente publicados en reducidas ediciones de autor distribuidas entre amigos y conocidos), como ignorado por el centralismo de Buenos Aires, debe incluirse entre esos “raros”. En sus casi ciento seis años de vida, transcurridos entre Córdoba y Río Cuarto donde ejerció como juez, Juan Filloy se fue transformando en un enigmático personaje mítico. Un mito alimentado por sus extemporáneas declaraciones y exabruptos, su obra inclasificable y secreta, la censura de que fue objeto pero, sobre todo, por el entusiasmo de un pequeño grupo de lectores y críticos iniciados. Fueron ellos quienes descubrieron en su afición por los palíndromos (su obra Karcino incluye más de dos mil), en la originalidad de los títulos de sus novelas, siempre con siete letras —Op Oloop, ¡Estafen!, Los Ochoa, Llovizna, La Potra, Vil y vil son las más reconocidas— y en la sabia ironía, cuando no la abierta parodia, con que superaba el realismo de sus tramas, la veta que explorarían luego Leopoldo Marechal en El banquete de Severo Arcángelo y Julio Cortázar en Rayuela. Influencia más evidente que admitida —según resalta Mempo Giardinelli, ferviente exegeta y difusor de su obra— que se ha ido reparando después de su muerte.

La publicación de Caterva en España, con epílogo del propio Giardinelli, es una encomiable prueba de esa tardía justicia que merece saludarse con entusiasmo. Editada originalmente en 1937, olvidada durante décadas, curiosamente traducida al holandés en 1998 y galardonada en Ámsterdam con el premio de “Mejor Libro Extranjero”, esta novela de 420 páginas sobre las andanzas y errancias por el interior de la Argentina de siete “linyeras” (especie rioplatense del vagabundo, bohemio o clochard) con vocación de filósofos y veleidades revolucionarias de ribetes anarquistas o vagamente comunistas, es la más representativa de la vasta producción de Filloy. Al modo de Los siete locos de Roberto Arlt, pero con una mayor gama de recursos literarios y una asombrosa, aunque por momentos desconcertante, riqueza lingüística, Caterva se inscribe en la efervescencia vanguardista y política de los años treinta, cuya actualidad, sin embargo, se garantiza gracias a la distancia y el desasimiento que procuran el humor y la parodia con que fue escrita. Porque las aventuras de los siete linyeras, cada uno con una nacionalidad (checo, sirio, suizo, francés, uruguayo…) y personalidad diferentes son tan divertidas como desenfadadas, tan burlonas como creativas, tan cínicas como utópicas.

Inclasificable, por no decir iconoclasta en su género, donde diálogos de lenguaje coloquial alternan sin dificultad con disquisiciones metafísicas, entre pedantes y eruditas, la novela forja auténticos arquetipos del desarraigo, la frustración y del desajuste existencial. Los linyeras Katanga, Viejo Amor, Aparicio, Longines, Lon Chaney, Dijunto y Fortunato dialogan y discuten interactivamente y lo hacen en el centro de una auténtica “caterva” de más de cien personajes orquestados con entrañable humanidad. Gauchos, paisanos, policías, prostitutas, periodistas, estafadores, empleados del ferrocarril en el que viajan legal o clandestinamente los vagabundos, amas de casa y dueñas de cuartos de pensión van formando una apasionante galería que trasciende la acepción literal de caterva. Es interesante recordar que el Diccionario de la Real Academia Española define como caterva a la “multitud de personas o cosas consideradas en grupo, pero sin concierto, o de poco valor o importancia”, y precisa que la palabra generalmente se usa en sentido peyorativo. Por eso, cuando en su noticia preliminar, Juan Filloy advierte que en esa “caterva de aventureros sin fatiga” no debe buscarse “un carácter agonal”, sino una “deriva de fracasos”, una “milicia astuta” y, más que nada, “un viaje de turismo al ideal de los demás”, nos adelanta la moraleja del viaje que emprenden los siete linyeras: la desenvuelta alegría que da la irresponsabilidad libremente asumida y el ideal solidario que propicia el corazón cuando sabe ser generoso.

 

Juan Filloy, Caterva,Epílogo de Mempo Giardinelli. Madrid, Siruela, 2004, 420 pp.

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