En la marcha

Home / Crítica de libros / Correr contra uno mismo

Correr contra uno mismo

el-corredor-nocturno

El corredor nocturno de Hugo Burel

Una buena novela debe ser como un edificio de varios pisos —decía Georges Steiner— donde puedan circular libremente lectores con diferentes capacidades o expectativas. Como ejemplo ponía a Crimen y castigo de Dostoievsky, una obra que puede ser leída a nivel de la “planta baja” como simple novela policial, aunque en la última constituya una reflexión filosófica sobre la culpa, el bien y el mal, y en sus niveles intermedios una profunda indagación psicológica. Lo importante es que cualquiera puede leerla y que sea accesible a todos y que su dimensión existencial o metafísica no impida su comprensión desde el primer nivel: la novela de un crimen fríamente concebido, planificado y ejecutado con impecable rigor por un atormentado estudiante.

Este es el mérito de El corredor nocturno del uruguayo Hugo Burel: propiciar una lectura en varios planos, sin que ninguno obstaculice la posibilidad de trascenderlo en otro superior, hasta dejar en el lector la sensación de que la novela es algo más que el obsesivo y progresivo hostigamiento que sufre un ambicioso contador de una empresa multinacional de seguros, Eduardo López, por parte de un misterioso e inquietante personaje, Raimundo Conti, que irrumpe en su vida por una aparente casualidad, para irlo envolviendo, entrometiéndose en su trabajo, su hogar y su pasado, practicando un desazonante asedio, hasta desestabilizarlo e inducirlo a proyectar un crimen.

Concebida como un auténtico thriller —al punto de que existe una exitosa versión cinematográfica con el mismo título dirigida por Gerardo Herrero— El corredor nocturno desarrolla una intriga de perfecta y calculada dosificación de recursos narrativos e inquietantes pistas, lo suficientemente ambiguas y entrelazadas como para hacer de su lectura un apasionante ejercicio en el que pueden distinguirse varios planos como en el símil de Steiner.

El primero es la crónica minuciosa de ese hostigamiento enmarcado en una despiadada “cultura de empresa”. A partir de las empalagosas propuestas de amistad de Conti, López siente invadida su vida hogareña, mientras enfrenta en la compañía los efectos de la crisis rioplatense que se anuncia a fines del año 2001, flashes de información económica que se van integrando progresivamente a la narración en la medida de su agravamiento: rumores de la bolsa, caída de precios, noticias inquietantes, conmoción financiera, desempleo creciente, emigración.

Su esposa Clara, sus hijos Valeria y Rodrigo pasan a ser objeto de la insidiosa presencia del misterioso personaje: son filmados en la intimidad por manos anónimas y los videos enviados como prueba de la ominosa presencia de un testigo infiltrado en su propia casa, mientras López debe asumir la ingrata tarea de elaborar listas de despidos en la compañía de seguros con el riesgo —si se niega— de formar parte él mismo de esa reducción de plantilla. Le ponen “la guadaña sobre el escritorio” —constata alarmado— con la consigna de “despedir a algunos para que los que se quedan se transformen en fieras sedientas que luchan por sobrevivir”, con el pretexto de que esa será una oportunidad de sanear la empresa para que “queden sólo los más aptos, los más fieles, los que pelean mejor”. Una reestructura regida por el fanatismo de la eficiencia que se propala como criterio novedoso en cursillos y seminarios y se acepta con tácitos acuerdos de silencio que ocultan las complicidades de un sistema cuya lógica perversa es la lucha de “los incluidos contra los excluidos”.

Abrumado por la presión circundante, López, un “trepador” inescrupuloso hasta ese momento triunfante, se plantea la renuncia y un crimen para librarse del círculo infernal en el que está inmerso. Sin embargo, al final, resignado, acepta con cinismo que “los tiempos se renuevan” y se rinde al pacto tácito que le propone Conti de ser su cómplice en la toma del poder en la compañía y descubrir que hay que “pelear duro para ser un subordinado profesional y consumado”.

El eficaz suspense de este thriller tiene un segundo nivel de lectura. En el asedio a que lo somete Conti, el pasado de López va surgiendo como la “mala conciencia” que había erradicado de su vida. Los procedimientos (“actos canalla”, se dice) por los cuales llegó a ser director, los recuerdos de cómo Antonio Iribarne, su predecesor en el cargo, le había dicho “usted sueña con mi puesto y a la vez suelo ser su pesadilla” y de cómo, a su muerte, López ocupó su lugar cuando su cuerpo “todavía no estaba frío”; el chantaje de fotos tomadas en una noche de orgía; los compañeros desplazados, Thelma Rodríguez y Mario Polanski, a los que busca para intentar comprender el presente, vuelven al primer plano, ya que “el pasado empezaba a mover sus pesados engranajes, que chirriaban en mi cabeza, se quejaban y me sacudían”.

Conti ya no es solo su obsesivo perseguidor, sino el fiscal que escarba en su memoria para que asuma sus miserias personales como parte de un sistema que no tiene escapatoria si se quiere sobrevivir en su interior. Se trata de “ser amo de sí mismo”, como le sugiere con insidiosa sutileza esta suerte de Mefistófeles, al proponerle el pacto “faústico” de la claudicación.

En un tercer plano, El corredor nocturno sugiere una lectura surreal por momentos, hiperrealista en otros, de una realidad social de la que López, desde la banalidad de su apellido, no es más que un ejemplo entre miles. En un capítulo estremecedor, “La puerta roja”, López —conducido por Conti— recorre los pasadizos en diagonal y estrechos túneles de edificios ruinosos para desembocar en un cabaret que parece surgido de una película norteamericana de clase B en blanco y negro de los años cuarenta, situado en la zona oscura, pobre y ruinosa de la Ciudad Vieja de Montevideo. Allí revive desconcertado imágenes de su despertar sexual en un show que rememora una escena de su infancia: la mujer que desde un balcón vecino entreabre sus piernas para sumirlo en el vértigo y la negrura de su pubis.

En este nivel, Hugo Burel, evidencia las referencias cinematográficas a Blue velvet de David Lynch, la enervante mirada de David Cronenberg y las alusiones literarias al descenso a las catacumbas de la ciudad en la “Cacodelphia” de Leopoldo Marechal en Adanbuenosayres y al secreto mundo subterráneo del “informe sobre ciegos” en Ernesto Sábato. Una cultura contemporánea que ya había integrado en la “reescritura informática” de El tercer hombre de Graham Green en El autor de mis días (2000), en la incursión en un cerebro recién operado de El guerrero del crepúsculo (2001, Premio Lengua de Trapo) y en los clin d’oeil a la película El hombre que nunca estuvo ahí de los hermanos Cohen en Tijeras de plata (2003).

Pero hay más. Desde el título de la novela, El corredor nocturno, Burel apuesta por hacer de la compulsiva necesidad de correr algo más que la moda de un ejercicio aeróbico practicado por sedentarios ejecutivos de empresa o una manía inexplicable como la del emblematico personaje Forest Gump, traumado desde la infancia por los pendencieros que lo perseguían. Un epígrafe inicial de Kafka recordando que al correr se ven solo fugazmente las cosas, mientras al quedarse inmóvil, la fuerza de la mirada hace “crecer las raíces en profundidad, se ve lo inmutable, oscura lejanía”, anuncia que la novela que va a leerse nos sumergirá en el sinsentido de una “carrera” que, más allá de la adrenalina del “extraño éxtasis que provoca la producción acelerada de hormonas”, para proponerse como una alegoría de la agitada vida contemporánea.

Lo evidencian los siete textos en itálica que preceden cada uno de los capítulos de la novela, a modo de reflexiones sobre el esfuerzo solitario, mezcla de vicio y salvación, en el que están empeñados los que corren con la respiración entrecortada y el corazón agitado por calles, avenidas y parques de la ciudad. Al principio se trata sólo del placer de buscar pensar diferente, de ver la realidad desde otros ángulos, “concretar ideas extrañas” que la aceleración del pulso procura, para comprobar luego la angustia existencial que impulsa a huir hacia “ninguna parte” y de “zafar de sí mismo”, para desembocar en la agotadora extenuación, en el sinsentido del esfuerzo.

Este es el sabor, por no decir moraleja, que nos deja la historia de Eduardo López, cuando va pasando en su carrera nocturna de la euforia inicial de “avanzar hacia un límite” ataviado con una impecable indumentaria deportiva de marca, a la condición de fugitivo de esa red sutil de compromisos y claudicaciones que supone la descarnada competencia profesional en una gran empresa.

Fernando AÍNSA

Hugo Burel, “El corredor nocturno”, Buenos Aires, Alfaguara, 2005, 254 pp.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

WordPress spam Bloqueado por CleanTalk.

En la marcha intenta reflejar mi quehacer como escritor y crítico, con la recuperación de textos sobre literatura y crítica de libros ya publicados en revistas y con la incorporación de nuevas contribuciones sobre la creación que está "en marcha" en Aragón, España e Hispanoamérica.