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Un cosmopolita varado en la provincia

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Un cosmopolita varado en la provincia. Sobre La marea del tiempo de Saúl Carlos Maicas (Candaya, Barcelona)

 

Hace más de veinte años, el hijo del barbero de Oliete —Alfredo Andreu— a la sazón un joven de unos veinte años largos, vino a verme a mi casa en el campo para entregarme la mejor prueba de que Teruel era una provincia que hacía mucho más por la cultura universal que muchas grandes ciudades. Me entregó el último número de la revista Turia —el 34, fechado en octubre de 1995— y lo hizo con orgullo juvenil para añadirme: “uno de sus directores, Raúl Carlos Maicas, es un poco mayor que yo”. La verdad es que quedé gratamente sorprendido con la revista, en realidad un sólido libro de más de 300 páginas: allí estaban escritores del exilio español como José Bergamín y María Zambrano, los latinoamericanos Juan Rulfo y Julio Ramón Riberyro, pero también un remoto poeta rumano (para mi desconocido), Alexandru Macedonski.

Desde ese día me convertí en un fiel lector de una revista que desde una capital de provincia, generalmente ninguneada —como dicen gráficamente los mejicanos— por los centros de poder, me abría apasionantes ventanas al mundo. En ese momento no podía imaginar que, seis años después, recibiría una llamada telefónica de ese siempre joven director, para pedirme si podía reseñar para la revista el libro El pensamiento mestizo de Serge Gruzinski, un fervoroso alegato a favor de la interculturalidad y el mestizaje. Al parecer —según supe mucho más tarde— le había dado mi nombre Juan Domínguez Lasierra.

Desde esa primera colaboración, las llamadas periódicas de Raúl Carlos Maicas para pedirme colaboraciones para la revista eran siempre una invitación a leer ensayos polémicos, alternativos, por no decir heterodoxos o cuando, con intuición, me pedía artículos literarios sobre autores que suponía eran de mis preferidos: Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti. Sin conocer personalmente a Maicas me decía, tras cada una de sus llamadas telefónicas: “tate, tate, he aquí un inteligente observador de lejanos horizontes que ha hecho de la provincia una atalaya del mejor cosmopolitismo”. Como lector de Turia, fui conociéndolo a través de ese Diario que nos entregaba en sus páginas. Ahora, gracias a la apuesta editorial de Candaya —editorial también abierta al mundo con vocación cosmopolita (basta ver su catálogo) desde una pequeña localidad catalana— esos diarios se han reunido en un volumen, La marea del tiempo. El libro se publica cuando, finalmente, he tenido el gusto de conocer personalmente a Raúl Carlos y de echar las bases de una buena amistad basada en las “afinidades electivas” que compartimos.

Con estos antecedentes no me sorprendió que desde las primeras páginas de La marea del tiempo, Maicas nos diga: “Soy un cosmopolita varado en un privilegiado mirador de la provincia”. A partir de esta frase que encierra una sugerente antinomia —el cosmopolita varado, por un lado, y el privilegiado mirador de la provincia, por el otro—proyecta en este libro una mirada dividida entre el “ciudadano del mundo” que “abomina de cualquier patrioterismo y corsé ideológico” y el aprovechamiento creativo del “autoexilio” que se impone a partir de la toma de conciencia de ser extranjero en un rincón de su propia tierra, “un humilde cascarrabias autóctono”.

Compuesta con notas de un diario heteróclito escrito tanto a impulsos de una lectura, un encuentro como de una simple evocación azarosa salvada de “la marea del tiempo y de la inexorable erosión de la memoria” —según subraya en un epígrafe inicial de Marià Manent—, las páginas de este “safari sentimental” proponen sin ambages una opción de vida cuyas desgarradas contradicciones son, justamente, su mejor aliciente. Si “la patria del sabio es el mundo entero” (Demóstenes y Pío Baroja dixit) es lógico rechazar fronteras, etiquetas e identidades nacionales prefabricadas, aunque ello suponga comprobar que, pese a todo, es necesario tener “una habitación propia” donde instalar, entre cuatro paredes, el cuartel de invierno en el que se almacenan “desvaríos, objetos perdidos, recuerdos y cachivaches” (p.73).

En resumen: el cosmopolita no puede evitar lujos de vida sedentaria y la seguridad de una dirección estable para recibir el correo de otros vagabundos del planeta. Descubre, al fin de cuentas, las ventajas de ser un “viajero inmóvil” —al modo como había biografiado Emir Rodríguez Monegal la poesía de Pablo Neruda— o, mejor aún, como Kafka cuando escribe: “No es necesario que salgas de casa. Quédate junto a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera. Ni siquiera esperes, quédate completamente quieto y solo. Se te ofrecerá el mundo para que lo desenmascares, no puede hacer otra cosa, extasiado se retorcerá ante ti”.

La marea del tiempo oscila entre uno y otro de estos extremos —la vocación universalista e integradora y la evasión y auto-marginación voluntaria en “un rincón del mapa” proclive a “la monotonía, a la tristeza, a la desesperanza”. Para intentar conciliar ambas, Maicas propone un viaje individual y solitario por las carreteras secundarias, al margen de autopistas y autovías, a través de las que huye de “la náusea del tiempo y de la asfixia de una vida respetable, de las humillaciones y de los destinos mezquinos, de la mediocridad irrespirable” (p.15). Allí, lejos del mapa común a tantas gentes, descubre “la riqueza de los caminos alternativos”, que le permiten sacudirse la intolerancia, la pereza y la vulgaridad que lo invade. Sin embargo, si el azar guía el itinerario por calles y plazas de las que se elude el turismo masivo programado, también descubre el nomadismo desde la creativa soledad de su bunker, el “gabinete de explorador urbano” en el que se refugia.

Una y otra vez, el diario confronta la pluralidad real de los individuos y el mestizaje natural de las colectividades a los convencionalismos, los catecismos nacionalistas y la intolerante filosofía de aldea, lo que llama “el ostracismo cotidiano de la provincia”. En su alegato a favor del cosmopolita y el más humilde flanneur de corte baudeleriano, Maicas elogia a los extranjeros como factor de enriquecimiento cultural y recomienda una lectura inteligente de Extranjeros para nosotros mismos de Julia Kristeva, para concluir con ella que “el extranjero empieza cuando surge la conciencia de mi diferencia y termina cuando todos nos reconocemos extranjeros, rebeldes ante los lazos y las comunidades”. Por ello, no duda en sentirse él mismo extranjero, un poco outsider frente a la literatura de hoy comercial y “biodegradable”.

Degustador solitario y a contracorriente, Maicas rescata del olvido obras como Adén Arabia (1931) de Paul Nizan, libro reverenciado por la juventud en los años sesenta gracias a su proyección por Jean Paul Sartre y desconocido en España; evoca el desgarro y la impudicia, la franqueza irreverente de Tan lejos, tan cerca de Adolfo Marsilach; homenajea al hijo dilecto de Urrea de Gaén, Pedro Laín Entralgo, aragonés ilustrado y universal, enemigo de los tópicos sobre el baturro; recuerda al “entrañable y añorado” escultor Pablo Serrano; recomienda el espacio íntimo y sutil de Ortigas de Agustín Villar y las formas breves de Canetti, Bergamín (especialmente en El cohete y la estrella)y Gómez de la Serna; desempolva Los dioses tienen sed de Anatole France en lo que llama su “propensión a enamorarse de rarezas” (p.115); reivindica la obra robinsoniana y visionaria de Miguel Sánchez Ostiz y la ética humanista de Albert Camus; admira la condición apátrida de Bruce Chatwin en Anatomía de la inquietud; ensalza la “contaminación de culturas” de la obra literaria y plástica de Víctor Mira; brinda un sentido adiós al pintor Antonio Saura y al poeta José Agustín Goytisolo.

La ciudad provinciana tan denostada tiene, sin embargo sus remansos: la Glorieta, la “terraza habitual” desde donde se ven llegar mujeres misteriosas de las que solo se da una inicial (¿del nombre o del apellido?) que brindan una nota de alegría y deseo en la vida rutinaria: la violinista L.; la mujer fatal X. de las primeras páginas que regresa promediado el libro; B. que impone “una distancia por su enloquecedora hermosura”; L. cuyo rostro blindado de serena belleza apenas disimula un interior “volcánico y turbulento”. La ciudad procura también la evasión por la música clásica —Mahler, Chopin, Listz, Grieg, Ravel, Debussy…—que le permite escabullirse de “la zafiedad opresiva del entorno y reciclar, en mil teselas de colores, el mosaico de una vida hasta entonces demasiado gris y sin fisuras, demasiado monótona y sin sorpresas” (p.9).

Maicas se inscribe deliberadamente entre los escritores que entienden la literatura como “una estrategia del exilio permanente” —al que llama “nuestro único vivero de sueños y esperanzas” (p.134)—, suerte de extraterritorialidad que hace del escritor una figuras del “afuera”, mucho más enraizada de lo que parece. “Debería irme, lo sé —nos dice— Abandonar la dura disciplina que exige esta madriguera. Borrón y cuenta nueva”. Sin embargo reconoce que si retrasa el viaje terminará devorado por “el paraíso inmóvil en que vive”. Leyendo estas páginas —como las de su diario anterior, Días sin huella (1998)— me recuerda Raúl Carlos Maicas a Gustave Flaubert. Desde el rincón de Normandia en que vivía, Flaubert sostenía que, “no soy más francés que chino” y aseguraba que, “apenas entendía lo que significaba patria”. Por otra parte, aunque nunca lo llegara a concretar repetía su deseo de faire son paquet y de partir bien lejos “a un país donde no escuche la lengua, lejos de todo lo que me rodea, de todo lo que me oprime”. Un deseo que no cumplió, pero que marcó la excelencia de su literatura y de su excelso manejo de esa lengua que no quería oír hablar a su alrededor. Del mismo modo, cuando James Joyce gritó “¡Qué mi patria muera en mí!” y vivió voluntariamente lejos de su Dublin natal, convirtió su “afuera vital” en una visión literaria del interior mucho más profunda y sutil.

Maicas —nacido en 1962— parece cansado de un combate que da por perdido de antemano cuando nos habla de “la menopausia intelectual que nos invade” (p.15) o se considera “prematuramente” viejo, cansado y sonámbulo, definitivamente enfermo de desarraigo. Sin embargo, a través de las páginas de este diario “clandestino y volteriano” no deja de recomendar una acción política cotidiana, una praxis que derrote a la retórica, el radical pragmatisno de las cosas sencillas y bien hechas (p.107). Su rebeldía de tono libertario se traduce en panfletos y en un “vilipendiar sin descanso” la dirección única del mundo neoliberal, aunque lo haga, con resignación, desde un “perdido e inmóvil rincón de nuestra asilvestrada aldea global”. — Fernando Aínsa

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