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Felisberto Hernández: “Meterse en la vida” para poder escribir

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Fernando Aínsa (publicado en la revista Turia)

Felisberto Hernández (1902–1963), autor uruguayo de extraños relatos y textos cortos que empezó siendo un desconocido entre sus propios compatriotas, es hoy un escritor de culto al que se consagran congresos internacionales y tiene una pléyade de estudiosos y seguidores. Antonio Pau, autor de Felisberto Hernández. El tejido del recuerdo (Editorial Trotta, 2005), es uno de ellos. Con erudición y paciencia y una encomiable humildad, Pau ha reunido en las condensadas 210 páginas de su libro una serie de cartas, recortes de periódicos de provincia, olvidadas reseñas, testimonios personales y un hasta ahora exclusivo “album” fotográfico sobre este peculiar escritor que trabajó “literariamente contra la literatura y las formas hechas”, favorecido —según confesara con ironía— por sus “pocos conocimientos”.

Al margen de los movimientos y grupos literarios de la época, inclasificable según los cánones aceptados, Felisberto Hernández compuso una obra heterogénea, dispersa y fragmentaria, publicada en pobres ediciones, muchas a cuenta de autor, en las que fue elaborando una visión del mundo a partir de un punto de vista sesgado y oblicuo que descubría aspectos inadvertidos y sorprendentes de las cosas. Si su literatura no es realista, no es por ello fantástica, sino que se mueve en esa línea tenue que invita a la marginalidad, la descolocación y una “excentricidad” de la que él mismo —pianista itinerante, bohemio y atípico enamoradizo casado cuatro veces— era encarnación. En una “explicación falsa a mis cuentos” con que prologó la edición de Las hortensias y otros relatos afirmó que “mis cuentos no tienen estructuras lógicas” y que crecen en su interior como una planta cuya germinación y crecimiento es totalmente arbitraria, aunque sea dueña de una poesía natural, “desconocida por ella misma”.

felisberto

Ignorado por sus coetáneos, “ninguneado” muchas veces en forma voluntaria, Felisberto Hernández fue descubierto por el poeta Jules Supervielle, el crítico Roger Caillois y los escritores Italo Calvino y Julio Cortázar. Para éste último, Felisberto estaba emparentado con Alfred Jarry y Raymond Roussell, aunque Calvino, con su caracterizada agudeza, afirmaba que era “un escritor que no se parece a ninguno, a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos”, porque era un “irregular” que escapa a toda clasificación y encasillamiento, pero que a cada página se nos presenta como inconfundible”.

Sin embargo, si Felisberto no se parecía a ningún escritor de su época, ahora muchos quieren parecerse a él. Su estilo minimalista y disgresivo, sus originales temas, la atmósfera irreal de La casa inundada y Nadie encendía las lámparas, las perversas muñecas de goma de Las hortensias, sus personajes emblemáticos—el acomodador de cine; el vendedor que llora para convencer a las compradoras de medias para señoras marca Ilusión (El cocodrilo)— han pasado a formar parte del mejor repertorio de la literatura contemporánea hispanoamericana.

“Si yo quiero asunto, tengo que meterme en la vida”, decía el autor en La envenenada. Para intentar parecerse a Felisberto, tal vez, pues, haya que empezar por ahí: por meterse en la vida, aunque en las primeras líneas de su relato Tengo ganas de creer, el mismo Felisberto Hernández aclaraba: “Tengo ganas de creer que empecé a conocer la vida a las nueve de la mañana en un vagón de ferrocarril”. Gracias al libro de Antonio Pau no solo es posible conocer la vida de Felisberto Hernández sino descubrir algunos de los secretos resortes de su obra. “Asunto” —como decía él mismo y pueden repetir sus seguidores— “asunto no nos falta”.

Estamos, pues, lejos de aquellos días de 1931 en que Felisberto publicó su libro La envenenada, sobre el cual ironizara Juan Carlos Onetti: “Por amistad con alguno de sus parientes pude leer uno de sus primeros libros. Digo libro generosamente: había sido impreso en alguno de los agujeros donde Felisberto pulsaba pianos que ya venían desafinados desde su origen. El papel era el que se usa para la venta de fideos; la impresión, tipográfica, estaba lista para ganar cualquier concurso de fe de erratas; el cosido había sido hecho con recortes de alambrado”.

Estamos también lejos de aquellos días en que Alberto Zum Felde podía escribir que “para gustar y estimar la producción de Felisberto Hernández –al que consideraba un “escritor de elite”– es necesario un cierto grado de madurez de cultura que, en estas tierras no se da en función del medio.” Esas mismas tierras uruguayas, sin embargo, han sido las que han asegurado que la consagración internacional de Felisberto Hernández no quedara limitado al fogonazo del entusiasmo momentáneo de Supervielle o Cortázar por la originalidad de su obra. Son los críticos y especialistas uruguayos que viven fuera de fronteras quienes mantienen “encendidas las lámparas” de su obra. Si en Estados Unidos han sido Horacio Xaubet y Roberto Echavarren Welker, en Francia la “causa” de Felisberto tiene varios nombres: Nicasio Perera de la Universidad de Nantes, promotor del primer coloquio internacional sobre su obra realizado en la Universidad de Poitiers en 1974 y Nora Giraldi Dei Cas, de la Universidad de Lille, quién no sólo es una reconocida estudiosa de la obra de Felisberto, sino que fue la organizadora de un Congreso internacional celebrado en la UNESCO en diciembre de 1997 que tuve el privilegio de auspiciar e inaugurar.

Con ediciones de sus obras completas en Uruguay y México —hace años agotadas— y una traducción integral al francés, no existen curiosamente en España ediciones disponibles de esta rara avis (pero no por ello menos imprescindible) de la literatura hispanoamericana. De ahí el doble mérito de la obra de Antonio Pau y de la Editorial Trotta: apostar por su presentación en un ámbito que por lógica debería ser también el suyo —la península— pero que hasta ahora lo desconoce. Esperemos, pues, que siga a este “tejido del recuerdo” de Felisberto Hernández que propone Pau, la publicación y difusión en España de las mejores obras de este uruguayo singular.

Antonio Pau, Felisberto Hernández. El tejido del recuerdo, Madrid, Editorial Trotta, 2005

Fernando AÍNSA

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