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Encuentro y transgresión en la novela de la frontera de Saúl Ibargoyen Islas

 

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El autor con Saúl Ibargoyen Islas en México DF (2008)

Fernando AÍNSA

¿Qué es una frontera? ¿Tiene sentido seguir hablando de fronteras en el centro de una mundialización que pregona su abolición? —nos preguntábamos al principio y repetimos ahora— ¿Lo tiene en el Uruguay, cada vez más integrado y dependiente de sus vecinos, Argentina y Brasil? En efecto, en un mundo que pregona la abolición de fronteras y donde los circuitos de creciente intercambio parecen darle razón, hablar de fronteras puede resultar anacrónico, porque la realidad cultural se resiste a toda simplificación y desmiente día a día el esquema de “un mundo sin fronteras”.

En el Uruguay, pese a los procesos de regionalización en curso, felizmente es así. La frontera sigue siendo la mejor garantía para la protección de la especificidad nacional, al mismo tiempo que propicia el surgimiento de nuevas realidades lingüísticas, sociales, étnicas y culturales en las zonas limítrofes donde se producen los contactos. Más allá de la integración económica o de la red de comunicaciones terrestres o fluviales que ha esfumado barreras políticas y geográficas, han surgido “áreas” fronterizas de sorprendente dinámica cultural. En el caso emblemático de Rivera, en la frontera norte del país, la línea fronteriza pasa por el medio de la avenida principal de la capital que se llama Rivera del lado uruguayo y Santa Ana do Livramento, del brasileño. Banderas, monumentos, edificios oficiales y comercios se alinean frente a frente, en una curiosa mezcla de convivencia y de picardía, aunque como ha anotado Rosa María Grillo, si la frontera “divide en dos una ciudad, une dos naciones”.

Más allá de la integración económica o de la red de comunicaciones terrestres o fluviales que ha esfumado barreras políticas y geográficas, han surgido “áreas” fronterizas de sorprendente dinámica cultural. En el caso emblemático de Rivera, en la frontera norte del país, la línea fronteriza pasa por el medio de la avenida principal de la capital que se llama Rivera del lado uruguayo y Santa Ana do Livramento, del brasileño. Banderas, monumentos, edificios oficiales y comercios se alinean frente a frente, en una curiosa mezcla de convivencia y de picardía, aunque como ha anotado Rosa María Grillo, si la frontera “divide en dos una ciudad, une dos naciones”.

En esa zona de incertidumbres, en la línea sinuosa y movediza donde se producen transferencias, intercambios y “contrabandos”, hay una voluntad de “recentramiento” protagónico, ajeno al poder capitalino de Montevideo, la ciudad-puerto en función de la cual se han tendido las líneas de las que la frontera del norte es su extremo, el confín que linda y separa realidades diferentes en la confluencia de lo que fueron los imperios hispano y lusitano.

Una saga fronteriza enraizada en la historia

Este es el mundo narrativo de Saúl Ibargoyen Islas, un escritor reconocido por una obra poética tan vasta como dispersa que paralelamente ha ido conquistando a lo largo de más de 25 años un espacio narrativo bien preciso. En tres volúmenes de relatos Fronteras de Joaquim Coluna (1975), Quién manda aquí (1986) y Los dientes del sol (1987) y en el ciclo de novelas integrado por La sangre interminable (1982), Noche de espadas (1987), Soñar la muerte (1994), completado con Toda la tierra (2000), ha proclamado un “territorio independiente” en las letras uruguayas. A partir de la ciudad de Rivamento en la que ha refundido el nombre de las dos capitales, ha creado un “condado” de indiscutida autonomía ficcional y ha fijado los hitos de una saga que recoge cien años largos de historia del país.

A diferencia de la tensa y dramática frontera que separa los Estados Unidos de México, donde el border es vivido como laceración, como herida sobre la “piel” del mapa, cuya cicatrización es siempre dolorosa, la noción de frontera que emerge en este confín sudamericano es, por el contrario, fluctuante, porque pueden ser “dobles, triples o cuádruples” (Soñar la muerte, p.18), tener una “largura indecisa” y una “enajenada anchura” y ser aludida genéricamente como “las tales fronteras”. La frontera de “dos líneas” de esta saga se mueve como “una víbora”, asegura la “estabilidad inestable”, donde gente “tan fronterizada” no percibe siquiera “el dolor de dos patrias”. La “mistura” está bien “entreverada”— comprueba Cyrino Tamanco en Toda la tierra, la última novela del ciclo ; “¡Ansí nunca más nos acecaremos a la modernidad que los nuevos tiempos vlaman y reclaman!”. La frontera, en resumen, está “llenita de agujeros” y cuando “estamos en carnaval, esta frontera vuela.”

Sin embargo, en esta encrucijada de imperios, la historia de su independencia no se ha forjado sin dificultades. La saga fronteriza de SII abunda en referencias militares y a la “violencia de botas y fusiles” y a esas “peleas a lanza y sable” de “la antigüedad de nuestra insurgencia” (en alusión a la novela del historiador Eduardo Acevedo Díaz, Lanza y sable). El ciclo se inicia en el período del coronel Santos Latour, en el que el autor funde dos momentos de la historia del Uruguay del último tercio del siglo XIX, el de la dictadura de Santos y la de Latorre. Un período donde a partir del desorden establecido “como una especie de ley que se venía escribiendo a punta de lanza y a filo de espada”, se van echando las bases del estado moderno. Y si la apuesta civilizatoria es clara, SII no puede olvidar las máculas autoritarias que la jalonan. La última la ha vivido en carne propia entre 1973 y 1984.

Coroneles, generales, “centuriones” (como el protagonista de ¿Quién manda aquí?, Nenguno Nadie), son protagonistas inevitables de una historia de la que no sólo son actores, sino “autores” en el sentido literario de la palabra. El coronel Saulo Ambrosiano Ilhas (¿deformación de Saúl Ibargoyen Islas?) tiene sus veleidades literarias y gracias a su situación de “retiro”, lejos de las conspiraciones de la capital, inspira con su sordera (“Ahora solamente oigo lo que sueño”) una comprensión no exenta de compasión, más cerca de El Coronel no tiene quién le escriba de Gabriel García Márquez que de un Nostromo o de un Tirano Banderas.

Militares que han sido necesarios en algún momento de la historia del Uruguay, parece decirnos SII, aunque nos recuerde en ¿Quién manda aquí? a través de los mecanismos autoritarios del lenguaje, los signos de opresión que el militarismo conlleva. Sus personajes, “milicos”, oficiales de grado bajo, brutales e ignorantes, sólo saben obedecer y mandar y transforman el lenguaje en un arma de “doble filo” con la cual se dan y se ejecutan órdenes. Todo militar, a la excepción del grado mínimo y del más alto, tiene que manejarse en ese espectro lingüístico con el cual se obedece al superior y se manda al inferior, dualidad antinómica que, más allá del maniqueismo que inevitablemente la rige, anuncia las notas esquizofrénicas de la vida de todo “uniformado”.

En el ejercicio sangriento del poder, esos militares maltratan y abusan de los indios (“los manchados”) y de quienes viven en los límites de otras fronteras todavía más fluctuantes. “Hay muertos con frontera cruzándoles el lomo” —recuerda el testigo del relato A usté, que no es de por acá— “Tripas de este lado, aliento del otro”. En el tráfico “fronterizo” entre indios y blancos, Juansucho Pocagente, uno de los protagonistas de la novela “coral” Noche de espadas, obtiene de “tan extraño personal espinas de pescado de talla exquisita”, ponchos de piel, cerámicas y cuchillos de piedra. En esos “meneos fronterizos”, aprende a ser un “seco animal de rígidas mansedumbres” y cuando los indios se ven obligado a retirarse hacia el “difuminado Norte, el nunca visto horizonte”, la frontera cambia nuevamente de signo.

Lejos de todo maniqueismo a la que la propia realidad invita, Saúl Ibargoyen trasciende en Soñar la muerte la simple denuncia de un orden injusto para descubrir una condición humana signada por el fatalismo, los mitos inmanentes que guían los comportamientos y aseguran la fuerza de las convicciones jaqueadas. Y lo hace con un estilo que, más allá de la originalidad de la lengua fronteriza en que se expresa, recrea palabras en la libertad poética de una madurez creadora que evoca las mejores páginas de Augusto Roa Bastos en Yo, el Supremo. y de José María Arguedas, los grandes artífices latinoamericanos del bilingüismo literario. En el vuelo generoso y en la significación simbólica no es ajena una atenta lectura de autores brasileños como Joao Guimaraes Rosa y Adonias Filho. Del universo de este último, situado en la región de Bahía —narrador que SII conoce bien por haber traducido algunas de sus obras al español— incorpora el tono alegórico y las vastas parábolas existenciales.

Más allá de referentes comunes geográficos y lingüísticos de la zona fronteriza de Rivera en la que Saúl Ibargoyen viviera en su juventud y que ha rememorado y reconstruido en la distancia de su exilio en México, el conjunto de su obra ofrece un sutil y complejo entramado. Temas y personajes se cruzan y se intercalan, se reconocen, completan y explican de un título a otro. El texto fundacional, Fronteras de Joaquim Coluna, donde el personaje polifacético de Joaquim despliega su condición proteiforme en el ejercicio de oficios múltiples (administrador, vendedor ambulatorio, vacunador de ovejas y cristianos, comprador de vacas para matar enseguida, desocupado, soldado en la edad de ser muchacho joven, entre otras).   Personaje del que es “difícil hablar”, ya que “uno nunca sabía si era o no era, si conversaba su poca palabra o sí estaba empezando a callarse” (LFDJC, p.33), al traer esa ambigua “presencia de no estar”, esa condición de “hombre como de lejos” y en ese “caminar para su adentro” y en esa condición de “hombre con su sed, pero no siempre bebía” (LFDJC, p.33), inaugura la saga para abrirla a todas las posibilidades narrativas. Aunque el destino se descubre como fatalidad a través de la lectura de cartas que despliega la adivina Bemvinda Verticalia en La sangre interminable, SII cree en el libre albedrío y en la fuerza individual, incluso cuando otros personajes de similar simbolismo nominativo, como Andresito Quilombé, Pocagente, Doña Pelona Morte, Nenguno Nadie, van poblando este mundo edificado desde la periferia, pero con vocación de centro excéntrico.

El lenguaje sin fronteras

Es evidente que detrás del coro polifónico de voces, hay un claro designio: el de preservar un pasado que es parte de la memoria colectiva y un espacio significativo. En el “viaje en el tiempo” que propone en Noche de espadas, Saúl Ibargoyen recopila a través de Don Saulo —tras el cual puede disimularse sin ambages él mismo— el pasado no sólo familiar, sino histórico, de los vínculos que unen el norte con el sur del Uruguay, ese eje sinuoso que va de la frontera con Brasil al puerto de Montevideo. Lo hace recogiendo testimonios que le relatan la fragmentaria visión de una compleja saga que cubre más de un siglo. El pasado se conjuga en tiempo presente, a través de voces confidentes tan diversas como la de su madre, tías (Noemí, Zoreyda y Trifonia), tío (Ambrosiano Ilha Barraganes) y abuelos, a las que se suman voces indígenas (La Guaycará, hija de cacique “medio segundón”), mestizas (su hija Josefayá) y la del “negro” Quilombé. Testigo privilegiado, su madre, al tratarlo de “hijoamigo”, le recuerda en nombre de la “corazonitis”, ese mal familiar endémico por el cual ha sido tan “madreado” y como desde “bien chavito” empezó a “juntar el palabrerio en frases” (NDE, p.49).

Don Saulo será, pues, el encargado de darle “ligazón” a esas “historias desparramadas por los cementerios y los días de ahora mismo”, superposición del pasado y del presente. Noche de espadas será la materia prima del relato ulterior que deberá escribirse a partir de esas voces que sólo hablan, como ante un grabador. “Yo le hablo, le falo un poco, usté traduce — le dice Andresito Quilombé— Yo soy la solita voz, usté la lengua, la letra” (NDE, p.29). Se podrá anotar además que el poeta tiene “la chance” de “inventar la verdad”.

La lengua, la letra, la invención de la verdad, pero también un rescate del patrimonio lingüístico de la frontera. Ibargoyen Islas otorga credenciales literarias al lenguaje fronterizo hecho de infiltraciones mutuas de castellano y portugués y recupera la vitalidad de voces indígenas, especialmente las de raíz guaranítica, aunque observe que los indios son “personal” más bien de murmuraciones que de palabras, manejando el discreto silencio del sometimiento al “poder del blancaje” y anote que no todos los que escriben (“o chismean”) sobre ellos saben de lo que hablan. Para ello, SII asume la lengua en sus posibilidades de expresión integral, ósmosis apasionante de influencias y culturas en mulata “mixturanza”.

Este rescate lo hace sin pintoresquismo, folklorismos o reivindicaciones localistas. La tensión y la resistencia del encuentro, pero también la “mistura” y las nuevas expresiones que toda dialéctica fronteriza implica, se reflejan en el texto, pero no limitan su narrativa. Porque SII va más lejos.

Si una rica expresión cultural hecha de trasiego y contactos emerge del reconocimiento casi antropológico de la región y de su pasado, su gozoso inventario sirve, al mismo tiempo, de pretexto para una imaginativa invención, especialmente a nivel lingüístico. Ibargoyen da rienda suelta a las posibilidades de juegos de palabras, a los neologismos y a una pirotecnia verbal, donde es difícil establecer etimologías y distinguir el localismo de la pura creación, aunque —como hace en Soñar la muerte y en la recopilación de sus relatos en Cuento a cuento— complete sus obras con glosarios. Porque no hay que llamarse a engaño. SII también recupera arcaísmos, incorpora anglicismos usados en el área del Caribe y palabras del español centroamericano, como ha anotado Rómulo Cosse.

La invención se traduce en búsquedas formales, en originales incursiones temáticas, en transgresión fecunda de códigos, en recreación lingüística, donde hasta los referentes toponímicos son engañosos, aunque apenas disimulen con ligeras alteraciones la denominación real: Rivamento por Livramento, laguna Merino por la laguna Merín, Montevideú por Montevideo, Bahía del Este por “las extranjerizadas playas” de Punta del Este, la “avenida central, la l8 de Julio”, Porto Triste por Porto Alegre, Barón de Río Preto, por Barón de Río Branco. Incluso las alusiones al poeta Ferdinando Persona, apenas disimulan al poeta Pessoa.

En esta recreación —como ha señalado el prologuista de la edición mexicana de sus cuentos completos, Alejandro Expósito— “nunca sabremos con certeza hasta dónde llega el autor como creador de un metalenguaje ficcional y hasta qué precisa frontera llega el lenguaje de la frontera. Pero este enigma, lejos de constituir una falla estética, deviene enriquecedor del mundo narrado.”

Superando la antinomia que ha opuesto tradicionalmente la ciudad al campo y una narrativa nativa y arraigada al cosmopolitismo urbano, la apuesta de Ibargoyen es creadora. Se trata de “inventar” un mundo al inventariarlo, un espacio que resulta tan real como imaginario. Si bien otros escritores como Enrique Amorim, Eliseo Salvador Porta y José Monegal habían escenificado, respectivamente, sus ficciones en los departamentos fronterizos de Salto, Artigas y Cerro Largo, incorporando la fluidez dialectal de su expresión oral a una prosa vigorosa y emblemática, ninguno lo había hecho con tan explícita vocación fundacional. Alfredo Gravina, autor de Fronteras al viento— con cuya amistad se honrara el propio Ibargoyen Islas— había anunciado una dirección de la que ahora se recorre el camino.

Las fronteras existen para ser cruzadas

Marguerite Yourcenar recordaba que el emperador Adriano amaba las fronteras –los “limes” o límites del imperio– porque le conferían libertad. Le proporcionaban también extrañeza y le propiciaban quimérica fertilidad intercultural. La literatura de SII invita a esa transgresión libertaria: su misión es cruzar los puentes que tiende sobre las diferencias, asegurar que las “señales” de la creación crucen las barreras levantadas por los seres humanos, eliminando prejuicios y abriéndose genuinamente al otro. Este saludable ejercicio es muchas veces festivo y recupera una cierta sabiduría popular en dichos y creencias. “Quien no conoce, no vive, ciego queda, ve y nada puede ver” (LFDJC, p.65), nos dice convencido o comprueba como “cada uno lleva puesta la edad de la mujer que se ama (NDE, p.50). Más malicioso recuerda que “Dios da una sola opotunidá, y a veces se descuida. El diablo regala muchas, y a veces las aproveinta. ¡Qué diabluras haría Dios si el diablo le permitiera!” (LFDJC, p.31). De ahí que “cuando el Diablo quiere ahorcar, Dios le alcanza la piola” (LFDJ, p.60). Lejos de todo facilismo sabe que no porque uno sea “débil o pobre o esté jodido” significa que “sea bueno” (p.40. NDE). Más prosaicamente : “¡Quéin no da carne, no procura asado!”

Confrontada en permanencia con la diferencia, con las asimetrías, con la discontinuidad, con fronteras de todo tipo, la obra narrativa de Saúl Ibargoyen ha contribuido a hacer todavía más elásticos los límites existentes. En esta “ausencia de límites y confines”, en ese “espacio abierto que asimila y neutraliza lo diverso, lo otro, lo bárbaro y lo desconocido” (R,M,Grillo), SII se debate en la “ardua” dialéctica de “fronterizar y universalizar”, como él mismo ha confesado.

Su creación está en los márgenes –o en la “marginalidad”– de los límites trazados por el orden reinante: roza o proclama la herejía, cruza el borde, asegura el “contrabando” de ideas y tendencias, aunque a veces parezca claudicar cuando comprueba que “la esperanza era como un lujo”. Como un equilibrista condenado a hacer piruetas en la línea divisoria, su obra ha sido el ariete que penetra clandestinamente el territorio extranjero para apropiárselo y hacerlo suyo, recordando —como su héroe central, Joaquim Coluna— que “no tuvo fronteras en su sangre”. Ω

BIBLIOGRAFIA UTILIZADA DE Y SOBRE SAUL IBARGOYEN ISLAS

Novelas de Saúl Ibargoyen Islas

Cuento a cuento (Reúne los libros de relatos, Las fronteras de Joaquim Coluna, ¿Quién manda aquí?, Los dientes del sol), México, Eón, 1997.

La sangre interminable, México, El nido del ave Roc, 1982,

Noche de espadas, La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1987,

Soñar la muerte, Proyección, Montevideo, 1994

Toda la tierra, Eón, México, 2000.

Crítica sobre Saúl Ibargoyen Islas

Aínsa, Fernando. Nuevas fronteras de la narrativa uruguaya, Montevideo, Ediciones Trilce, 1994.

Aínsa, Fernando, Del Canon a la periferia. Encuentros y transgresiones en la literatura uruguaya, Montevideo, Ediciones Trilce, 2002,

Cosse, Rómulo. “Saúl Ibargoyen: la metáfora fronteriza”, Fisión Literaria, narrativa y proceso social, Monte Sexto, Montevideo, 1989.

Grillo, Rosa María. “El portuñol. De espacio fronterizo a espacio literario”, Fundación, 2, Montevideo. noviembre 1994.

 

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