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La manzana de Oro de Sergio Ramírez

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Sergio Ramírez La manzana de Oro

Madrid, Iberoamericana (La crítica practicante, 7), 2012, 227 páginas

 

La Colección “La Crítica practicante” que publica Iberoamericana/Vervuert apuesta por una “crítica imaginativa y descifradora” que aspire “unir creación y crítica en el campo del ensayo”. Lo hace bajo los lemas de Oscar Wilde —“el crítico como artista”— y de T.S.Eliot —el “poeta crítico, consecuente y consciente de la racionalidad de su obra”— que presiden una serie de textos latinoamericanos apostando por esa creatividad imaginativa del ensayo. La colección lleva nueve títulos publicados. pero tal vez ninguno de los textos editados hasta ahora esté más ajustado a esa propuesta editorial que La manzana de Oro de Sergio Ramírez.

Nacido en 1942 en Masatepe (Nicaragua) y con una biografía digna de los mejores polígrafos del siglo XIX —donde se combina escritura y oratoria, periodismo y ficción novelesca, acción política hecha de resistencia, exilio y responsabilidad de gobierno—, Ramírez es también un crítico de fina observación al aproximarse a autores como Cervantes, Rubén Darío, Borges, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Graham Greene, Julio Cortázar, Augusto Roa Bastos, José Saramago, Carlos Martínez Rivas, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes.

En una feliz combinación de reflexión crítica sobre obras clásicas, por no decir canónicas, de la literatura española y latinoamericana, testimonios vitales de los autores reseñados y de su propia vida hecha de privilegiados encuentros con escritores consagrados, Sergio Ramírez despliega con un estilo tan envolvente como seductor una variada panoplia de veintidós ensayos escritos entre 1998 y 2010. Su origen no es menos diverso: ponencias en congresos, artículos en revistas, prólogos y epílogos, conferencia y artículos en periódicos.

Por razones que se desgranan en cada caso y no dejan de sorprendernos, Ramírez conoció, frecuentó y forjó desde su más temprana juventud amistad con los consagrados de los años 60. Todos los ensayos con sus referencias autobiográficas y testimonios se combinan con juicios críticos. Así su descubrimiento de Borges en la librería Lehman de San José de Costa Rica, una tarde lluviosa, cuando apenas tiene 22 años, propicia un repaso de la obra inagotable del autor de Ficciones (Ramírez afirma por error que esa edición era de la editorial Losada, cuando era de Emecé, como la mayoría de la obra de Borges); su frecuentación de la casa de Luís Cardoza y Aragón en su exilio en Coyoacán (México) lo invita a una valoración de ese insigne guatemalteco “universal y moderno”, caminando “a filo entre las dos Guatemalas, la ladina y la indígena” (p.71); su temprana amistad con Juan Bosch, cuando tiene 19 años y el escritor dominicano 52, le permiten un repaso de su cuentística; su admiración por Julio Cortázar —“El que nunca deja de crecer” (p.119)— en ancas de los vertiginosos años sesenta, lo llevan a un repaso de esa década que intentó “poner el mundo patas arriba de la manera más irreverente posible” (p.120) y las “jornadas de rebeldía” en las calles de París en la primavera del 68, sin olvidar la masacre de estudiantes en la plaza de Tlatelolco en México. Años después (1976) Sergio Ramírez lo conoce “para una amistad de toda la vida” (p.123) en San José de Costa Rica y viaja a Nicaragua en su compañía, con cuya revolución el autor de Rayuela se solidarizaría luego. Para el autor de La manzana de oro, Cortázar, como Fuentes o José Saramago, “son defensores de causas muy a la manera de Voltaire, el primer defensor ciudadano de la historia. Y ya no quedan muchos de esa especie en extinción” (p.127).

Parece que Sergio Ramírez en el aparente azar de los encuentros con los escritores a los que consagra ensayos o artículos, buscara respaldar con el trato personal o testimonial un juicio consagratorio. Tal es el caso de José Saramago, conocido en México, reencontrado en Madrid y en Lanzarote, donde el azar ya es búsqueda tenaz del escritor portugués, culminada con el otorgamiento del Premio Nobel que festeja alborozado porque “Don José es muy nuestro” (p.147).

En el caso del poeta Carlos Martínez Rivas la connivencia es total, compartiendo el exilio en Costa Rica y, sobre todo, fraternales risas prolongadas luego en la Nicaragua revolucionaria y en la amistad común con José Coronel Urtecho. Por esta razón el ensayo “Horno al rojo vivo” (p.149) es el más entrañable y el menos literario. Gira con indisimulada ternura alrededor de la persona de ese poeta panadero que le dedica un poema a Octavio Paz diciendo “a ti te premian, a mi me plagian” (p.151) y que vive rodeado de libros en desorden, de gatos que se sienten en envidiable libertad en el caos de la panadería presidido por ese “horno, con su rojo fulgor de infierno” (p.153).

En la privilegiada lista de amistades que desfilan en La manzana de oro, no podía faltar García Márquez y el impacto de Cien años de soledad en el imaginario de los sesenta; las cenas conviviales en la casa de José María Pérez Gay con Carlos Fuentes, Alvaro Mutis y el infaltable Gabo y las discusiones literarias entabladas alrededor de una mesa regada con buenos vinos. Al socaire de su amistad con Fuentes, Ramírez le dedica dos ensayos: “La manzana de oro” (p.181) que da título al volumen y “El regreso de la diosa” (p.197).

Cuando no le es posible ser contemporáneo del autor glosado, Sergio Ramírez asocia, aunque sea a través de un encuentro fortuito, a José Martí con Rubén Darío. Con ritmo novelesco nos hace viajar en una canoa por un río tropical y a lomo de “la más pequeña, rebelde y mal intencionada mula que vio nunca la montaña de Izabal” (p.19) a José Martí con apenas 24 años, rumbo a Guatemala. Se recuerda que Rubén Darío tenía entonces 10 años y sorprendía a sus mayores en la ciudad de León en Nicaragua recitando largas poesías de memoria. Así va contando las “vidas paralelas” de ambos autores hasta su breve encuentro en el Harman Hall de Nueva York la noche del 24 de mayo de 1893. Luego los unirá el cordón umbilical del modernismo y la “prosa profusa, llena de vitalidad y color, de plasticidad y música” (p.30) que practican ambos: Martí, el “padre” tiene 40 años, Darío, el “hijo” 26. Muerto en combate en Dos Ríos, Martí será magníficamente retratado por Darío en Los raros. La presencia de Rubén Darío planea en otros ensayos: su relación con España (“En el rincón de un gran quicio oscuro”, p.35) y en el polícromo escenario del Caribe (“Esplendor del Caribe”, p.83)

Cuando Ramírez juzga la obra de un poeta —como en el caso de Pablo Neruda— lo hace con el lírico entusiasmo que le provoca la “pasión panteísta” del autor de las Odas: “La sencillez de los objetos del mundo que nos rodea, transformados en símbolos de la vida terrenal, pasan frente a nuestros ojos descritos con fidelidad rigurosa, igual que si sus contornos y detalles hubieran sido grabados con buril en una plancha de cobre, para ser después iluminados amorosamente por la misma mano que los grabó” (p.81). Las odas son —a su juicio— himnos de “alabanza a los milagros de la vida”, un canto, un coro que “entona una epifanía. La epifanía de nuestro encuentro con el milagro siempre renovado del universo cotidiano” (p.82).

Sin renegar de su pasado y su participación inicial en la revolución sandinista, Sergio Ramírez se desmarca en varios de sus ensayos de la deriva totalitaria y, sobre todo corrupta, del proceso emprendido con entusiasmo. Lo hace distanciándose de un movimiento obsesionado por el poder y para ello recurre, nada menos, que a Cervantes. El discurso sobre el poder —que Ramírez rastrea en el Quijote— le permite sacar inevitables paralelos contemporáneos con una triste moraleja: “Los malos gobernantes salen siempre ricos, muy dados a enseñar sus opulencias, y si acaso llegaron al poder en nombre de los pobres, se quedan siempre hablando de los pobres. Se vuelve cosa de risa. Y por contrario, pensar en un gobernante que entra pobre, y salga pobre, es también cosa de risa” (p.17).

De la variada y agradable lectura de estos ensayos, unidos por un estilo de sugerentes metáforas, surge lo que el propio Sergio Ramírez confiesa en ”Cuaderno de encargos”: “Yo me reconozco en la calidad doble del intelectual que imagina y también piensa, que inventa y a la vez predica, que no pone freno a la creación, pero tampoco a la calidad ética de su escritura” (p.213) No cuesta descubrir bajo estas palabras el pensamiento ilustrado de los escritores y filósofos de la época de la independencia, por la que Ramírez parece tener una secreta nostalgia.

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