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Angel Guinda más allá del dilema entre tradición y experiencia

 

La experiencia de la poesia Guinda

Fernando Aínsa

El poeta Ángel Guinda, autor de poemarios que lo han consolidado como primera voz aragonesa y una de las más reconocidas de España, es también ensayista y crítico, rapsoda de sí mismo y voz jovial y animada de todo encuentro literario, amigo de los amigos, y generoso con los primerizos a los que consagra estimulantes prólogos. Como parte de su polivalente actividad creadora se ha dado ahora una pausa y nos presenta La experiencia de la poesía (Zaragoza, Pregunta, 2016), compendio de los Manifiestos poéticos. que ha propuesto de 1978 a la fecha. Los acompaña de unos apuntes iniciales “hacia una poética” que titula significativamente Arquitextura y que son en realidad breves aforismos y pensamientos destilados en más de cuarenta años de infatigable reflexión sobre el quehacer al que ha consagrado su vida.

La experiencia de la poesía sigue el principio del crítico practicante que une creación y crítica, al modo preconizado por Oscar Wilde (“el crítico como artista”) y por T.S.Eliot : “el poeta crítico, consecuente y consciente de la racionalidad de su obra”, para asegurarnos que “la experiencia de la poesía es un aprendizaje interminable”. Reflexiones que parten de la constancia “si tienes una palabra ya tienes un mundo” y Guinda, gozoso epicúreo, lo tiene, aunque despliega su cartografía con razonable cautela porque sabe que “escribir es cribar” y que solo debe escribirse “lo necesario”, ya que “ser poeta no es una profesión”, sino “una posesión”. Poseído y lanzando “truenos de indignación”, entiende la poesía como actitud de arrebato ante la vida, guiada por el lema de uno de sus manifiestos iniciales: “¡Menos divos, más poetas subversivos!”.

Para el autor —como lo era para Ungaretti— la poesía es de todos, brota de una “experiencia” que no es propia sino también colectiva, donde el arte no es otra cosa que la formalización de esa experiencia. El poeta es su voz, pero también la voz de otros muchos, que en épocas diferentes han hablado por su intermediación. El lenguaje del poeta es un lenguaje basado en la historia de su propia lengua. No se puede concebir la ignorancia de todo lo que se ha escrito antes. “Se escribe según se lee”, sentencia. “La originalidad consiste en el reconocimiento de los propios orígenes”, nos precisa, para recordar que “cuando está de moda la moda, los clásicos son la resistencia”. Coleridge afirmaba que “la originalidad poética consiste en una forma original de ensamblar el material más desemejante y remoto para hacer un todo nuevo”. El poeta, “acarreador de materiales antiguos”, trabaja como “en el pedregal de la gran ruina del mundo” (Gottfried Benn).

La poesía tiene para Guinda el carácter fundamental de una experiencia y no de un resultado; es una actividad desarrollada en el tiempo y no de algo que se ofrece como un todo ya dado. Nuestro autor sabe que los tiempos marcan a los hombres, que cada época mira al arte de forma diferente y le exige cosas distintas. De ahí las significativas diferencias entre los manifiestos que ha reunido. Al presentarlos en forma cronológica decreciente: del Emocionantismo de 2016 —donde apuesta al poder de insinuación y de sorpresa y apoya “una poesía de la estupefacción”— a la subversión preconizada en el primer manifiesto de 1978, media el progresivo desprendimiento de la misión del poeta como “trabajador de la cultura”, revolucionario armado de “poemas bala”, ejerciendo su oficio en centros e instituciones, universidades, institutos, asaltando las calles para “introducirse en fábricas, talleres, barrios y pueblos”. Al alejarse de aquellas consignas de hace casi cuarenta años en que se insistía en el “poder social” del escritor, ha profundizado en novedosas propuestas que lo han llevado a la conmoción, a fomentar el seísmo interior, la innovación, el descubrimiento que todo poema tiene un alma propia y es expresión de una peculiar experiencia.

En ese progresivo despojamiento ha abandonado su inicial vocación didáctica por la que intentaba sacudir la conciencia moral del lector para proponer en 1985 una “teoría de la depresión poética” que surge del infatigable proceso de la creación como antítesis de la destrucción: contradicciones que oponen la realidad íntima y la exterior, que obliga a que la palabra en crisis, amenazada en cada generación, debe ser reconstruida a riesgo de perecer ella misma, movimiento de atracción y repulsión simultáneo o sucesivo, imaginación de los contrastes y tensiones de la experiencia que han hecho de Guinda un poeta deliberadamente antinormativo.

Lejos de considerar que la poesía es una experiencia de la soledad, la “experiencia” que preconiza el autor de Caja de lava (2012) en el “Manifiesto Defensa de la dignidad poética” de 2014 es la de “dignificar la poesía dotándola de inteligencia, cultura, utopía, tradición y originalidad, asombro, emoción, verdad”. En otro de los Manifiestos (1994) había propuesto una poesía útil que además de objeto de belleza, sea sujeto de conducta. Una utilidad que nos recuerda a CZeslaw Milosz cuando reivindica la condición cambiante del poeta: “es difícil seguir siendo la misma persona, porque nuestra casa está abierta, su puerta, sin llave, y los huéspedes invisibles salen y entran”.

La casa de la poesía de Ángel Guinda ha estado siempre abierta y sin llave. En ella, tantos “huéspedes invisibles”, sus lectores y amigos, han encontrado la generosa hospitalidad de sus versos, sabiendo con Salvatore Quasimodo que “la tarea de la poesía no es sólo renovar al hombre moralmente, sino también estéticamente” o como “resultado de una experiencia espiritual, externamente estética, pero internamente ética” (Luis Cernuda).

Si el poeta ha cambiado con el transcurso de los años —como reflejan sus Manifiestos— mientras ha repelido la “gran anestesia” y ha comprobado como asesinaban a la poesía épica, su obra se ha ido elaborando en profundidad, en algo cada vez más íntimo, lirismo limpio de toda vacuidad, oratoria y “decoración”, poesía que explora el misterio, porque los abismos son explorables.

Se trata para Guinda de recuperar para el poeta y la poesía el sentido trascendente, oracular y ritual que tuvo en sus orígenes, ese conocimiento de saberse en el mundo y en contradicción con él, ser su conciencia real o irracional, ese desorden en el orden, donde su inspiración no pueda ser otra que no sea el reflejo de ese choque, aunque, tras esa exploración, no encuentre el necesario sosiego.

El poeta es un ser en permanente y trágica insumisión, no conformado con su inicial apertura hacia lo colectivo, un ser que ha cobrado conciencia de que la única finalidad de la poesía es ella misma y que el poeta es —como decía Cernuda— “un hombre que no sirve para otra cosa sino para escribir versos y en esa limitación radica su propia grandeza”. Por ello —nuestro autor— sentencia que “del poeta importan más sus poemas que sus consideraciones acerca de la poesía”.

De La experiencia de la poesía surge la acendrada vocación poética de su autor, textos personales de carácter testimonial de indiscutida autenticidad, que extraen esa parte intangible que subyace en todo creador asediado por el dilema entre tradición y experiencia, donde las palabras son la memoria, aunque el olvido forme parte de la memoria, representando la experiencia oscurecida, la noche interior.

Decía Eliot que al traspasar los límites de cierta edad, se le ofrecen al poeta tres alternativas: el silencio, la autorrepetición —a menudo con incremento de virtuosismo— o la tentativa de readaptar su actividad al nuevo emplazamiento de su conciencia. Con Ángel Guinda estamos ante el poeta que, cabalgando e intentando domar su tiempo, ha readaptado su creación para superar el dilema entre tradición y experiencia. No nos queda sino esperar a su próximo Manifiesto para saber si lo sigue logrando. Con sus antecedentes, aventuramos que sí lo hará con una renovada “sorpresa” que “explore, ilumine, revele, transporte al lector hacia la trascendencia de pensamiento y sentimientos”.

 

Enero, 2017

 

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