En la marcha

Home / Prólogos / Pasajero de otoño

Pasajero de otoño

Pasajero de otoño de Miguel Ángel Yusta

Pasajero de otoño

Fernando Aínsa

“La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros.

Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”.

Fernando Pessoa

Homo viator por excelencia, trotamundos tras las notas musicales de óperas a las que asiste en los mejores escenarios europeos, Miguel Ángel Yusta emprende en Pasajero de Otoño un periplo por París, Roma y Grecia bajo la advocación del “último viaje” de Antonio Machado en su famoso poema en el que anuncia “me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Pero si el viaje de Machado es para abordar “la nave que nunca ha de tornar”, Yusta lo hace sabiendo —con José Saramago— que “el viaje no termina jamás”, ya que “sólo los viajeros terminan”. El suyo combina el recorrer escenarios prestigiosos, largamente cantados por otros poetas, a los que renueva con imágenes espléndidas, con una experiencia íntima que va profundizando en un escarbar de la conciencia la angustiosa sensación de un final de trayecto no muy lejano. El propósito inicial de su viaje es doble: regresar a París: recorrer la línea 6 del Metro, la del bus 76, buscar la tumba de Edith Piaff en el Père Lachaise, admirar el Sena dormido (“cloaca de París sólo redimida por miles de poetas impertinentes”), la Gare d’Austerlitz, (“monumento a los que pudieron llegar y a los que se quedaron en el camino”), pero también es ir empapándose del spleen que inmortalizó Baudelaire y hacerlo con nuevas metáforas y reparando en los detalles de todo lo que ha cambiado desde entonces en el restaurante La Coupole, en el mercado callejero del bulevar Charonne y en las notas multirraciales de sus calles.

En París, Yusta transmite la alegría de haber hecho suya la ciudad, tras sus numerosas visitas, desde las escapatorias al régimen franquista de su juventud al complacido reconocimiento urbano de ahora. En ningún momento nos insinúa el patético anuncio de César Vallejo “Me moriré en París con aguacero/
un día del cual tengo ya el recuerdo”. El versátil poeta del amor (Pavesas, 2012; Amar y callar, 2013; De silencio y luz, 2015), el reconocido coplista aragonés prefiere admirar nuevamente el Palais Garnier, el Museo de Orsay, los “luminosos signos de admiración” de las gárgolas de Notre Dame, escuchar al trompetista del Metro que “deja volar sus canciones eternas”.

Si en París Yusta hace de su soledad, la única compañera de su vagar por calles, museos y plazas, en Roma se siente que un ser amado lo acompaña para caminar “cogidos de la mano”, o acariciar su rostro en la Piazza Navona y sentir que se encienden “lenguas en los vientres”. Sin embargo, ante las aguas de la Fontana di Trevi, no puede sino musitar “una oración incomprensible/ mientras recuerda las tormentas/ que sin piedad azotan su camino.” El poeta vuelve a estar solo y revive su memoria:

“Madrid, El Cairo, Roma, Barcelona,

Viena, Estambul, París

o la dulce Lisboa

y tantos otros sitios que pueblan mi recuerdo”.

Grecia está entre esos recuerdos. Allí acude Yusta para encontrarse “desnudo ante ese mar” y exponer su flanco sin temor. Comprueba entonces que “ni tormenta ni soles/ han podido abatir tanta belleza” y piensa “si es preciso/ estrellar en las rocas esta barca de rumbo equivocado,/ pero de puerto cierto.”

En Grecia, el poeta podría repetirse con Juan Ramón Jiménez “Andando, andando; que quiero oír cada grano de la arena que voy pisando”, aunque, tal vez, su esperanzado dirigirse hacia “los pájaros del alba” no hace sino corroborar que “no se recuerdan los días, se recuerdan los momentos”, al decir de Cesare Pavese. Y Pasajero de otoño está lleno de “momentos” para recordar.

El viaje de Yusta se programa en otoño, estación del año con la que se asimila el declive de la edad, en que las fuerzas del cuerpo languidecen, pero donde una madurez ganada con el tiempo se revierte en una mayor sensibilidad para percibir el mundo que se recorre, esa “nueva forma de ver las cosas” de que han hablado tantos viajeros. Pienso en Voltaire que hizo de los viajes de Cándido un venero de experiencias y en Henry Miller que tras mucho deambular por el mundo se refugió entre naranjales en California para rememorar con nostalgia su vida.

En el poema final Pasajero de otoño, dividido en nueve partes —tal vez el más conmovedor de todo el poemario— Yusta se embarca en un tren que “pudiera ser mi último transporte”, munido de un billete que debe llevarlo “a paisajes luminosos”. Lo hace sintiendo que “se hace largo ya el viaje/ lleno de noches largas y silentes/ que asfixian soledades presentidas”. En ese último viaje las “manos” se duermen para ser “raíces que buscan la fusión/ con la cálida tierra y convertirse/ en flores con el riego de unas lágrimas”. Son “días de negra incertidumbre/ cuando el viaje se acerca a su final”. Son momentos en que recuerda la “música de Verdi y de Puccini”, el sol de Grecia y Roma. Se dice entonces, a modo de propósito, “Cuando parta, no miraré hacia atrás”. Tras la lectura de Pasajero de otoño estamos seguros de que Miguel Ángel Yusta cumplirá su palabra.

Zaragoza, 2 de noviembre 2016

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

WordPress spam Bloqueado por CleanTalk.

En la marcha intenta reflejar mi quehacer como escritor y crítico, con la recuperación de textos sobre literatura y crítica de libros ya publicados en revistas y con la incorporación de nuevas contribuciones sobre la creación que está "en marcha" en Aragón, España e Hispanoamérica.