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Tijeras de plata

Hugo Burel

Tijeras de Plata

Lengua de Trapo, Madrid, 2003, 158 pp.

 

“En ciertas zonas de la memoria hay vivencias que permanecen afincadas como en uno de esos depósitos de las casas de subastas, llenos de muebles y objetos de variada procedencia y valor. Están allí como aguardando que venga alguien a interesarse, a sacudirles el polvo y a restituirlos al presente”. Con esta sugerente propuesta, Hugo Burel —reconocido escritor uruguayo, autor de El guerrero del crepúsculo, Premio Lengua de Trapo 2001— abre su última novela, Tijeras de Plata. A ese “depósito” de la memoria, lleno de recuerdos polvorientos, ingresa el narrador para “interesarse” en la vida de un peluquero a cuyo salón concurría de niño de la mano de su padre.

Las “vivencias” recuperadas por ese narrador que apenas disimula el alter ego del propio Burel, son borrosas y deshilachadas; los testimonios de clientes y testigos ocasionales, esos seres que tienen más pasado que futuro, más recuerdos que proyectos, aún recogidos con pericia detectivesca, son contradictorios. El todo compone un puzle al que le faltan piezas y donde otras no encajan en el hueco que ha dejado el paso del tiempo. Pese a ello, el personaje del peluquero Arístides Galán emerge como una figura emblemática de un oficio ejercido con responsabilidad y vocación y, sobre todo, como pieza central de la reconstrucción de una época —los años cincuenta— con su farándula de personajes reales y ficticios, sus acontecimientos históricos de fechas que no siempre concuerdan con las evocadas, y su próspero paisaje urbano de entonces: un barrio del que se enorgullecía Montevideo y donde hoy se multiplican los signos del deterioro.

Novela sobre la memoria y “los extraños pasadizos de la mente” que rigen los recuerdos, Tijeras de Plata es en realidad una nostálgica incursión en el pasado de un país que ofrecía la engañosa luz de una Arcadia que se fue perdiendo y cuyos vestigios apenas reconocibles están hoy vaciados de significado. Desde un presente regido por un sentimiento de “oscura miseria”, una sensación de abandono y empobrecimiento generalizado, ese pasado se torna dudoso en su cruel y contrastada confrontación con el presente y hace sentirse patéticos a quienes lo evocan, aunque reconozcan la recóndita hidalguía que sobrevive en la dignidad con que se afronta la decadencia.

La empresa de rescatar del olvido esa peluquería (“un lugar que huele irremediablemente a viejo, a humedad, a derrota y a desesperanza” y donde “todo parecía abandonado y cerrado desde hacía mucho tiempo”) y reencontrar al envejecido y artrítico Galán, parece no tener sentido, si no fuera porque en ese viaje a ninguna parte, en ese “buscar a alguien que ignora ser buscado”, el autor va descubriendo como “la nostalgia puede ser buena inspiradora cuando además hay una historia que contar” .

Inspirado por la nostalgia del Uruguay que “fue”, Hugo Burel no cuenta una, sino varias historias. Porque Arístides Galán —apodado “Tijeras de Plata”— es algo más que un peluquero: es un formidable narrador oral, “un extraño demiurgo condenado a oír e inventar o ser depositario de historias ajenas”, cuyos relatos mientras corta el pelo o afeita la barba, parecen cuentos tan apasionantes y redondos en su estructura, como dudosos en su verosimilitud. Al modo de una Scherazade que posterga, noche a noche, su ejecución, “Tijeras de Plata” ameniza los cortes de pelo—el corte a la romana, la Nueva Ola, el jopo, la cola de pato, la melena, el flequillo, el estilo beatle, el corte a navaja, la nuca marcada en línea recta, la media americana, el corte a “cero” con maquinilla o el simple repaso de mantenimiento, el “sacar la pelusa”— con historias, reales o ficticias, de parroquianos o colegas.

La sucesión de los relatos del peluquero, intercalados en capítulos pares, forma un libro de cuentos en el interior del cuerpo de la novela cuya trama no es otra sino la pesquisa para encontrar al dueño de la “voz” que los cuenta. Así se sucede la historia del parroquiano que quiere parecerse a Kirk Douglas y termina siendo una réplica de Van Gogh, con oreja cortada incluida; del peluquero necrófilo que trabaja en una funeraria afeitando muertos; el relato del amor juvenil por la Reina de la Vendimia de 1939; la historia del padre de Arístides, peluquero itinerante y barbero ocasional de personajes famosos (el General de Gaulle, el caudillo Aparicio Saravia), enamorado de una artista de circo; la obsesión del que tiene que cortarse el pelo escuchando Rapsodia en azul para revivir el suicidio de su madre; el ventrílocuo Ortega peleando sin parar con su muñeco Gasset; el inmigrante rumano expoliado por su mujer y denunciado en el período de la dictadura; la admiradora del galán de radioteatro, cuya voz lo ha seducido en las ondas, que termina siendo un enternecido hombre que apenas puede disimular sus sentimientos detrás del seudónimo de Delmira; y el más sorprendente relato del vendedor de los sueños que roba en las almohadas rellenas de cabellos humanos sobre las que han dormido los huéspedes de un oscuro hotel del vecindario. Sobrevuela sobre todos los relatos, una guiñada cómplice a la película de Joel y Ethan Coen, El hombre que nunca estuvo, esa peluquería filmada en blanco y negro donde Ed Crane, el peluquero callado y rutinario, escucha al interminable parlanchín de su cuñado, film que Hugo Burel evoca para aclarar que la vio cuando ya estaba escribiendo Tijeras de Plata, aunque no pudo evitar su influencia.

Los relatos de Arístides Galán incluyen breves acotaciones sobre el corte de pelo que se está ejecutando (“tuerza un poco la cabeza”; “le están saliendo algunas canas”) y los instrumentos utilizados —peines de hueso, baquelita, plástico, acero, madera y hasta coral; navajas de acero sueco y mango de baquelita, tijeras alineadas junto a la brocha de afeitar— un modo de recordar el “aliento de complicidad” de su origen oral en ese “confesionario laico” que es un salón de peluquería. Aunque se diga que las historias que cuenta pierden su interés y sentido una vez terminado el servicio y “tenían que ser barridas junto con el pelo caído” en el suelo, en realidad forman un apasionante conjunto, más cercano a las “cajas chinas” de los relatos del Manuscrito encontrado en Zaragoza de Jean Potocki que de los cuentos enlazados por el narrador común, al modo de Las mil y una noches. Porque los personajes de Tijeras de Plata que han desfilado con sus historias individuales a lo largo de sus páginas se reúnen al final en una maratón entre peluqueros famosos donde Arístides Galán ganará las tijeras de plata que le darán su apodo. A todos les vuelve a cortar el pelo ante un público entusiasmado que llena las instalaciones del Palacio de la Cerveza, cercano a su salón de la calle Yatay. Sin embargo, hasta este episodio, descrito en sus más mínimos detalles, se va desflecando en discordancias e improbabilidades: todo puede un invento o una historia real que el escritor ha recuperado. Si es falsa, es una excelente invención narrativa; si es auténtica, se ha salvado algo de ese “país que fue”, pese a que los “profesionales de la nostalgia” puedan decirse que ese “era otro país” y aunque lo mejor sea preferir la duda y el misterio de saber cual es la dosis de invención o de verdad que subyace en el simulacro del lugar recordado, ese esfuerzo por reconstruir “un país al que recordaba sin que lo aplastara el principio de incertidumbre, ni los desencuentros, ni la intolerancia ni el doble discurso. Un país que todavía no había conocido la verdadera violencia, ni el autoritarismo y que caminaba sin conciencia ni reparo hacia los años de odio” .

Porque llegar hasta el mítico peluquero ha sido —en realidad— un viaje a través de una sucesión de ruinas ante puertas enclaustradas, a un desfilar de personajes acabados o muertos, a siluetas que se desvanecen cuando se intenta atraparlas. Lo fantástico es —según comprueba el narrador— como “cada espacio recorrido se transforma en un vacío que va borrando las propias huellas que han conducido hasta ese punto” . Y para el lector de Tijeras de Plata descubrir una obra que linda con la perfección de la escritura, sin olvidar la melancólica dimensión de la condición humana.

Fernando Aínsa

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